Hoy he vuelto a creer en el amor. Hacía tiempo que no veía a
dos personas quererse de corazón, a dos personas que parecen ser cómplices de
algo prohibido, que al mirarse se lo decían todo. Parecían estar en esos
primeros momentos del amor donde los ojos te brillan como nunca, desvías
la mirada a sus labios cuando te habla porque en lo único que piensas es en besarle y que ese beso sea eterno, esos momentos en los que te entra la risa tonta, ese
instante en el que al rozaros la mano te entran cosquillitas en el estómago,
que te pone nerviosa hasta mirarlo. Esos días en los que no quieres separarte
de él, porque con él te sientes segura, porque quieres que todo el mundo sepa
lo mucho que os queréis, porque sin él sientes que no puedes vivir plenamente
feliz. Esos momentos en los que no existen lugares prohibidos para besaros,
donde el tiempo se para cuando estáis juntos. Esos momentos en los que retienes
todo lo que sucede, sus susurros, sus besos, cómo va vestido y qué colonia
utiliza.
Hoy he vuelto a creer en el amor. Y no, no eran dos jóvenes
llenos de un primer amor. Eran dos personas mayores, llenos de un amor eterno.
viernes, 1 de marzo de 2013
Un hombre encontró un capullo de una mariposa y se lo llevó a casa para poder ver a la mariposa cuando saliera del capullo. Un día vio que había un pequeño orificio y entonces se sentó a observar por varias horas, viendo que la mariposa luchaba por poder salir del capullo. El hombre vio que forcejeaba duramente para poder pasar su cuerpo a través del pequeño orificio, hasta que llego un momento en el que pareció parar de forcejear, pues no progresaba en su intento. Parecía que se había atascado. Entonces el hombre, en su bondad, decidió ayudar a la mariposa y con una pequeña tijera cortó al lado del orificio del capullo para hacerlo más grande y así fue que por fin la mariposa pudo salir. Sin embargo, al salir la mariposa tenía el cuerpo muy hinchado y unas alas pequeñas y dobladas. El hombre continuó observando, pues esperaba que en cualquier instante las alas se desdoblaran y crecerían lo suficiente para soportar el cuerpo, el cual se contraería al reducir lo hinchado que estaba. Ninguna de las dos situaciones sucedieron y la mariposa solamente podría arrastrarse en círculos con su cuerpecito hinchado y sus alas dobladas… Nunca pudo llegar a volar.
Lo que el hombre en su bondad y apuro no entendió, fue que la restricción de la apertura del capullo y la lucha requerida por la mariposa para salir por el diminuto agujero era la forma en que la naturaleza forzaba fluidos del cuerpo de la mariposa hacia sus alas, para que estuviesen grandes y fuertes y luego pudiese volar.
La libertad y el vuelo solo pueden llegar después de la lucha. Al privar a la mariposa de la lucha, también le fue privada su salud.
El tiempo corre, y nosotros con él. El tiempo… y con él todos
los momentos, esos que pasan a ser recuerdos, y que a veces ni siquiera
recordamos.
Vivimos tan deprisa
que ni siquiera nos da “tiempo” a echar de menos, y puede que sea demasiado tarde cuando te des
cuenta de que esa persona ya no está aquí. Pero en el instante en el que la recuerdas,
por mucho que lo intentes, a partir de ese momento ya no puedes olvidarla.
Aunque la verdad es que nunca la has olvidado, solo que no le has dedicado el
tiempo necesario a lo que realmente importa en esta vida, en tu vida. Te
dedicas de ir de un lado hacia otro, de estudiar, trabajar, limpiar,… te
dedicas a todo menos a las personas que necesitan de ti.
Anhelo verte y poder contarte todo; esas tardes con un café
de por medio; tus besos en mi mejilla; que me llames “mi piojo”; te anhelo
sentada en mi sofá… anhelo oler tu perfume por casa. Te anhelo a ti.
Para mí la palabra “abuela” no tendría ningún significado si
tú no hubieses estado aquí para hacernos sentir cómo de grande es el
sentimiento que existe detrás de esa palabra. Porque a veces no es necesario
llevar la misma sangre para sentir tuya a una persona, y tú siempre me has
demostrado que soy más tuya que nadie.
Cierro los ojos e intento averiguar cómo estarás ahora, pero
es imposible. Mis recuerdos junto a ti están en los años más felices de mi
vida, en mi infancia, y es el mejor sitio que ha podido encontrar mi memoria
para recordarte.
En ningún momento nadie me dijo que fuera fácil esto de
tenerte tan lejos, ni que después de tantos años sea ahora cuando realmente me
dé cuenta de lo importante que has sido y eres para mí. No significa que antes
no lo supiera, solo que tu adiós nunca lo he llegado a asimilar, ¿por qué alguien
tenía que irse de mi lado, a tantos kilómetros de distancia, sin ninguna razón?
Y con ese adiós te llevaste parte de mí, y sentía que dejabas un enorme vacío
en mi vida. Pasaban los días y me preguntaba qué harías allí, sola y aburrida,
¿con quién estarías en la merienda? ¿Quién te llamaría para la hora del café?
Ahora paso los días preguntándome a cada instante como estarás, si allí
realmente eres feliz y si te sabrán
cuidar.
Necesito que se congele el tiempo, recuperar todos esos días
sin ti. Sentirte cerca y volver a verte reír…Porque nadie sabe cuántas veces he
llorado por tu ausencia, porque nadie sabe cuánto te he llegado a extrañar,
porque nadie sabe que nunca te olvidaré y que en mí siempre estás.
Y cuando te vuelva a ver, por favor… No vuelvas a marcharte
jamás.
lunes, 28 de enero de 2013
Esta es la historia de un hombre al que yo lo definiría como
un buscador…Un buscador es
alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo
que está buscando, es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.
Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de
Kammir. El había aprendido a hacer caso riguroso a estas sensaciones que venían
de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos
divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la
derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde
maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores; la
rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada. La
pequeña portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto, sintió que
olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en
ese lugar.El buscador traspasó
el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban
distribuidas como al azar, entre los árboles.Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este
paraíso multicolor.
Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió,
sobre una de las piedras, aquella inscripción… “Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”.
Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa
piedra no era simplemente una piedra, era una lápida.Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad
estaba enterrado en ese lugar.Mirando a
su alrededor el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía
una inscripción. Se acercó a leerla, decía: “Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses, y 3 semanas”.
El buscador se sintió terriblemente conmocionado.Este hermoso lugar era un cementerio y cada
piedra, una tumba.Una por una, empezó a
leer las lápidas.Todas tenían
inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.Pero
lo que lo conectó con el espanto, fue comprobar que el que más tiempo había
vivido sobrepasaba apenas los 11 años…
Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar.El cuidador del cementerio que pasaba por ahí se
acercó. Lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba
por algún familiar.
“No, ningún familiar – dijo el buscador - ¿qué
pasa con este pueblo?, ¿qué cosa tan terrible hay en este ciudad? ¿Por qué
tantos niños muertos enterrados en este lugar?, ¿cuál es la horrible maldición
que pesa sobre este gente, que los ha obligado a construir un cementerio para chicos?”
El anciano se sonrió y dijo:Puede Ud. Serenarse. No hay tal
maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré… Cuando
un joven cumple quince años sus padres le regalan una libreta, cómo ésta que
tengo aquí, colgando del cuello.Y es
tradición entre nosotros que a partir de allí, cada vez que uno disfruta
intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda, qué fue
lo disfrutado….a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto
tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?, ¿una semana?, ¿dos?,
¿tres semanas y media?...Y después…la
emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso, ¿Cuánto duró?,
¿el minuto y medio del beso?, ¿dos días?, ¿una semana?...¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo…?¿Y el casamiento de los amigos…?¿Y el viaje más deseado…?¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país
lejano?¿Cuánto tiempo duró el disfrutar
de estas situaciones?...¿horas?,
¿días?...
Así vamos
anotando en la libreta cada momento que disfrutamos intensamente…cada momento.Cuando alguien se muere,es nuestra costumbre,abrir su libretay sumar el tiempo
de lo disfrutado,para escribirlo sobre
su tumba,porque ESE es, para nosotros,el único y verdadero tiempo VIVIDO.
Un rey fue
hasta su jardín y descubrió que sus
árboles, arbustos y flores se estaban muriendo. El Roble le dijo que se moría
porque no podía ser tan alto como el Pino. Volviéndose al Pino, lo halló caído
porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía
florecer como la Rosa. La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como
el Roble. Entonces encontró una planta,
una Fresa, floreciendo y más fresca que nunca.
El rey
preguntó: “¿Cómo es que creces saludable
en medio de este jardín mustio y sombrío? “. A lo que la planta contestó: “No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse
que cuando me plantaste, querías fresas.
Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresa de
la mejor manera que pueda".
Ahora es tu
turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a ti
mismo. No hay posibilidad de que seas otra persona. Puedes disfrutarlo y
florecer regado con tu propio amor por ti, por tu propia vitalidad, o puedes
marchitarte en tu propia condena...
Cuando yo era pequeño
me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de ellos eran los animales. Me
llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe era
también el animal preferido de otros niños. Durante la función, la enorme bestia
hacía gala de un tamaño, un peso y una fuerza descomunales...Pero después de la
actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre
permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que
aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la
estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros
en el suelo. Y aunque la madera era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un
animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con
facilidad de la estaca y huir.El
misterio sigue pareciéndome evidente: ¿Qué lo sujeta entonces?, ¿Por qué no
huye?
Cuando yo tenía 5 o 6
años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Y entonces pregunté a
un maestro, un padre, un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me
explicó que el elefante no huía porque estaba amaestrado. Hice entonces
la pregunta obvia:"Si está
amaestrado, ¿por qué lo encadenan?". La verdad
es que no recuerdo haber recibido ninguna
respuesta coherente. Con el
tiempo, me olvidé del misterio del elefante y la estaca, y solo lo recordaba
cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta.
Hace algunos años, descubrí
que por suerte para mí a alguien que había sido lo suficientemente sabio como
para encontrar la respuesta: "El elefante del circo no escapa porque ha
estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño".
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante
recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantino empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus
esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y al día siguiente
lo volvía a intentar, y al otro día y al
otro...Hasta que un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su
impotencia y se resignó a su destino. Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que
sintió poco después de nacer. Y lo
peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su
fuerza.
Todos somos un poco
como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que
nos restan libertad.Vivimos
pensando que "no podemos" hacer montones de cosas, simplemente porque
una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños lo intentamos y no lo conseguimos.Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y
grabamos en nuestra memoria este mensaje: No
puedo, no puedo y nunca podré.
Hemos crecido llevando este mensaje que nos impusimos a nosotros mismos
y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca. Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos
sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos:"No puedo y nunca podré".
Un beso casual pero buscado. Un beso efímero pero eterno. Un
beso inesperado pero deseado. Un beso robado pero apasionado. Sentir un
escalofrío recorriendo tu cuerpo al sentir los labios del otro. Tu mente en
blanco. Por unos segundos sientes que te fallan las piernas. Cierras los ojos,
no necesitas verlo porque ya lo sientes. Te dejas llevar. No importa la gente
caminando, ni si miran al pasar. Te agarra por la cintura, te sientes
protegida, te sientes suya. Sí, eso suena bien: suya, tal vez no será por
siempre, pero sí de momento, y es lo que importa. El momento.
Poder mirarte una y otra vez sin aprenderte nunca de
memoria. Sorprendiéndome cada día al verte llegar. Y que las palabras sobren
con nuestras miradas. Además, en la vida hacen falta hechos. Eso es, que seas capaz
de demostrarme algo nuevo cada día. Que seas capaz de decirme te quiero sin
pronunciar una sola palabra.
Un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto: 1. A ponerse contento sin motivo 2. A estar siempre ocupado con algo 3. A saber exigir con todas sus fuerzas aquello que desea.