viernes, 1 de marzo de 2013





Un hombre encontró un capullo de una mariposa y se lo llevó a casa para poder ver a la mariposa cuando saliera del capullo. Un día vio que había un pequeño orificio y entonces se sentó a observar por varias horas, viendo que la mariposa luchaba por poder salir del capullo. El hombre vio que forcejeaba duramente para poder pasar su cuerpo a través del pequeño orificio, hasta que llego un momento en el que pareció parar de forcejear, pues no progresaba en su intento. Parecía que se había atascado. Entonces el hombre, en su bondad, decidió ayudar a la mariposa y con una pequeña tijera cortó al lado del orificio del capullo para hacerlo más grande y así fue que por fin la mariposa pudo salir. Sin embargo, al salir la mariposa tenía el cuerpo muy hinchado y unas alas pequeñas y dobladas. El hombre continuó observando, pues esperaba que en cualquier instante las alas se desdoblaran y crecerían lo suficiente para soportar el cuerpo, el cual se contraería al reducir lo hinchado que estaba. Ninguna de las dos situaciones sucedieron y la mariposa solamente podría arrastrarse en círculos con su cuerpecito hinchado y sus alas dobladas… Nunca pudo llegar a volar.

Lo que el hombre en su bondad y apuro no entendió, fue que la restricción de la apertura del capullo y la lucha requerida por la mariposa para salir por el diminuto agujero era la forma en que la naturaleza forzaba fluidos del cuerpo de la mariposa hacia sus alas, para que estuviesen grandes y fuertes y luego pudiese volar.
La libertad y el vuelo solo pueden llegar después de la lucha. Al privar a la mariposa de la lucha, también le fue privada su salud.

No vuelvas a marcharte jamás


El tiempo corre, y nosotros con él. El tiempo… y con él todos los momentos, esos que pasan a ser recuerdos, y que a veces ni siquiera recordamos.

Vivimos tan deprisa que ni siquiera nos da “tiempo” a echar de menos, y  puede que sea demasiado tarde cuando te des cuenta de que esa persona ya no está aquí. Pero en el instante en el que la recuerdas, por mucho que lo intentes, a partir de ese momento ya no puedes olvidarla. Aunque la verdad es que nunca la has olvidado, solo que no le has dedicado el tiempo necesario a lo que realmente importa en esta vida, en tu vida. Te dedicas de ir de un lado hacia otro, de estudiar, trabajar, limpiar,… te dedicas a todo menos a las personas que necesitan de ti.

Anhelo verte y poder contarte todo; esas tardes con un café de por medio; tus besos en mi mejilla; que me llames “mi piojo”; te anhelo sentada en mi sofá… anhelo oler tu perfume por casa. Te anhelo a ti.
Para mí la palabra “abuela” no tendría ningún significado si tú no hubieses estado aquí para hacernos sentir cómo de grande es el sentimiento que existe detrás de esa palabra. Porque a veces no es necesario llevar la misma sangre para sentir tuya a una persona, y tú siempre me has demostrado que soy más tuya que nadie.
Cierro los ojos e intento averiguar cómo estarás ahora, pero es imposible. Mis recuerdos junto a ti están en los años más felices de mi vida, en mi infancia, y es el mejor sitio que ha podido encontrar mi memoria para recordarte.

En ningún momento nadie me dijo que fuera fácil esto de tenerte tan lejos, ni que después de tantos años sea ahora cuando realmente me dé cuenta de lo importante que has sido y eres para mí. No significa que antes no lo supiera, solo que tu adiós nunca lo he llegado a asimilar, ¿por qué alguien tenía que irse de mi lado, a tantos kilómetros de distancia, sin ninguna razón? Y con ese adiós te llevaste parte de mí, y sentía que dejabas un enorme vacío en mi vida. Pasaban los días y me preguntaba qué harías allí, sola y aburrida, ¿con quién estarías en la merienda? ¿Quién te llamaría para la hora del café? Ahora paso los días preguntándome a cada instante como estarás, si allí realmente eres feliz  y si te sabrán cuidar.

Necesito que se congele el tiempo, recuperar todos esos días sin ti. Sentirte cerca y volver a verte reír…Porque nadie sabe cuántas veces he llorado por tu ausencia, porque nadie sabe cuánto te he llegado a extrañar, porque nadie sabe que nunca te olvidaré y que en mí siempre estás.

Y cuando te vuelva a ver, por favor… No vuelvas a marcharte jamás.